martes, 22 de noviembre de 2011

La mala suerte: entre mirar y morir

Raro que a uno le toque ver eso. En el preciso instante en que me di vuelta y miré un lugar del parque que no había mirado en todo el día, en un sector que apenas había pisado en las horas de la mañana, taz, me tocó ver, casi adivinando lo que veía: que se cayó un árbol, o una rama inmensa, y escuché el chirrido del roce de las hojas y el golpe seco que marca el fin de la caída. “Ahí pasó algo raro, se cayó algo grande”, dije a los que me acompañaban que estaban entretenidos cerrando el puesto de libros usados y tomando cerveza. “¿Adónde, adónde?”, “Ahí, ahí… mirá que la gente está corriendo hacia allá, pasó algo grave”. Nos quedamos todos expectantes, tomando cerveza del pico de la botella de litro, curiosos, asombrados y un poco preocupados. La gente corría hacia el lugar de los hechos por decenas. Empezaron a mover algo grande, de árbol. “¿Será que necesitan ayuda, che?”; “Pues parce, si entre los sesenta que hay ahí no son capaces de ayudar, seguramente si vamos nosotros no vamos a poder hacer nada tampoco. ¿O querés ir a ver la sangre?”. Ahí seguimos, impertérritos, tomando nuestras cervezas. Algunos se acercaron a preguntar qué mirábamos, y tras observar ellos mismos el tumulto, se aburrieron y siguieron cerrando sus puestos. También, como ellos, nos aburrimos de mirar y tras breves minutos, uno de los que estábamos ahí sacó su laúd y nos dio un pequeño concierto barroco que le celebramos. La cerveza se acabó y una delegación fue al mercado chino a comprar un par de litros más; los otros entramos al parque, aprovechando que las rejas no habían sido cerradas a causa del accidente, y nos sentamos en unos de los bancos. Los bomberos ya estaban ahí cuando entramos, e incluso habían puesto un cerco con esas cintas plásticas amarillas que generalmente dicen “peligro” (cuando ya para qué la advertencia). Llegaron los compañeros con la cerveza y seguimos tomando, incluso riendo a carcajadas comentando el último video extraño y gracioso que habíamos descubierto en youtube . En esas apareció una chica, la novia de uno de ellos, y nos trajo la noticia: una rama de un eucalipto se había caído encima de tres personas y una de ellas, una señora, estaba ahí, muerta ya. A las otras dos se las habían llevado. Seguimos con la cerveza, con los chistes, y con la indiferencia. Al poco tiempo, preciso en los últimos tragos que nos quedaban, apareció uno de los encargados de cuidar el parque, diciéndonos que teníamos que salir, que ya estaba cerrado el parque. La puerta por la que yo iba a salir estaba cerrada, así que me separé del grupo, que iba para otro lado, y busqué la puerta del centro, montado en mi bicicleta. Pasé a pocos metros del accidente, pero no vi nada más que bomberos, cinta amarilla y rama de árbol. Otras personas caminaban buscando la puerta del medio, a paso sosegado. Me bajé de la bicicleta al llegar cerca a la puerta, y bajé las escaleras con ella en la mano para evitar cualquier situación complicada con la gente que todavía se mantenía al lado de la reja. No eran muchos, tal vez diez o quince, pero todos, se les adivinaba en la cara, estaban hablando de lo mismo. Caminé despacito, con la esperanza de escuchar algo, de cogerme el chisme. Fue entonces cuando le escuché decir a una señora, mientras otra la miraba con cara de angustia: “Es un agujero negro. Es pura mala suerte”. “Qué raro, pensé, preciso mirar para ver cómo la suerte mata alguien a menos de 50 metros de uno” Y me quedé pensando que si fuera un agujero negro seguramente me habría visto atrapado por su poder gravitacional y estaría muerto yo también, desintegrado, junto con todos los otros que estábamos por ahí. También me quedé pensando en la extraña manera en que esta ciudad se despedía de mí.

(El video de youtube es el de Miguel y Cogote en la zanja. La noticia del accidente puede encontrarse en: http://www.seprin.com/2011/11/22/una-mujer-murio-tras-caerle-una-rama-en-parque-rivadavia/ )

Bs As, Nov 22 de 2011

jueves, 17 de noviembre de 2011

Preludio de la despedida


El hombre miró la maleta. Esta, a su vez, desde un rincón poco visible de la habitación, lo miraba con sus ojos metálicos de candados y le sonreía con sus bocas de cierres. Tanto café y tantos cigarrillos le habían provocado un acelerado desajuste de los latidos del corazón, pero cuando miró la maleta y pensó que ella también lo miraba, y hasta le sonreía, se dio cuenta de que la taquicardia no era una cosa tan simple, producida por la cafeína, la nicotina y el alquitrán: tenía que ver, también, con la inminencia del retorno a la tierra natal, con el cambio drástico que implica un viaje (tal y como había sucedido unos cuantos años atrás, cuando abandonó la vida que llevaba y comenzó la aventura diaspórica que por esos días encontraría su fin). La ropa lavada que colgaba en el alambre y que se mecía al son de las ráfagas de viento, bajo un sol primaveral que ya amenazaba con ser el infernal del verano, le hacía pensar en lo que se devolvería con él, y lo que tendría que dejar. Quería que la maleta fuera tan grande como para meter a unas diez personas y llevarlas, aunque solo fuera por un corto tiempo, a conocer las montañas que lo vieron nacer y de las que tantas veces, en tantas noches, habló con nostalgia y maravilla. Se dio cuenta entonces de que la maleta poco servía: lo que se quería llevar no se lo podía llevar, y la maleta no era nada más que un recipiente que llenaría de cosas apenas útiles, como ropas, libros, cables, pero lo que había aprendido a querer en la ciudad inmensa y extraña en la que había vivido los últimos tres años, se iba a quedar irremediablemente… y él se iría, solo y cargado, a enfrentar un futuro brumoso.

Bs As, Nov 17 de 2011

martes, 30 de agosto de 2011

Dolor de espalda y otros signos vitales


Este dolor de espalda… a veces siento que puedo hablarle, y que él me escucha y hasta reacciona. Le digo “colaborame en ese sentido, dejame volver a la vida” y él como que se mueve en el mismo punto y me recuerda ese trotecito que uno hace antes de jugar un partido de fútbol, sin moverse de donde está parado, levantando los talones primero, las rodillas después. Y pienso que me va a colaborar, que se va a ir, y empiezo a concentrarme en él, a respirar lentamente y a “sentir” cómo se va yendo con cada exhalación, como un vapor, por el ombligo. El dolor se vuelve casi omnipresente y me muestra que hunde sus raíces en las piernas, hasta las pantorrillas, que extiende sus ramas hasta la nuca y que tiene una que otra floración (nerviosa, eléctrica) en el cerebro. Respiro… respiro… lo invito a salir… como un vapor… por el ombligo. Después, a esta cabeza mía se le olvida que estamos haciendo un exorcismo, y vuelvo y quedo igual, o peor, con la conciencia del dolor agudizada.

 Llevo meses con él. Lo conozco. Me he visto tentado a ponerle un nombre para hablarle en mis noches, o en mis mañanas, o en mis tardes (compañero inseparable en esta ciudad extraña), tal vez con el ánimo de volverme su amigo, de encontrar en él sabiduría. Pero no le he puesto nombre porque no me quiero encariñar. A este dolor sin nombre, a este dolor de espalda, lo siento como mi enemigo. Me tiene sumido en una forma de conciencia para mí desagradable y hasta ahora desconocida. Todo es diferente con dolor de espalda: dormir, lavar los platos, estudiar en el computador, leer acostado, o sentado, o parado, con los pies así, o asá, con la espalda recta, o torcida o de cualquier manera. Cuando uno se monta en un colectivo, ahí está el dolor de espalda, con cada freno del conductor, con cada vez que acelera, con los policías acostados, los baches, el empedrado. Es como un mico que va pegado al nivel de la cintura cuando uno está montando en bicicleta, o cuando sale a caminar por las calles de la ciudad. No lo desampara cuando está tomando un trago con amigos, o cuando está sentado en un salón de clases escuchando discursos que podrían ser interminables en sillas que siempre resultan insoportablemente incómodas. Omnipresente en el tiempo y el espacio, altera la conciencia y genera una nueva forma de encarar la realidad: la conciencia con dolor de espalda.
Es como si uno estuviera vampirizado. Sanguijueleado. La mente una y otra vez, una y otra vez, se fija en el parásito, en el dolor que atormenta, lo analiza, lo mide, lo delimita, busca soluciones, posturas, se distrae, se queja, se compadece, se encoleriza. Lo que podrían ser largas horas de productivo estudio, o de creación tranquila y alegre, o de contemplación despreocupada, se transforman en un desesperado ambiente lleno de ofuscación, confusión, ansiedad, impotencia intelectual y obnubilación creadora. El fracaso resuena en los tímpanos, como susurro de demonio. Se escuchan voces oscuras. Corre el licor. Se eleva el humo. El parásito parece alimentarse, fortalecerse, ganar poder. La lucidez se torna una deidad lejana y altiva. La razón de todo se hace opaca. 

La conciencia con dolor de espalda no es optimista. La conciencia con dolor de espalda hace que uno pierda las coordenadas, que descrea de todo, que se llene de resentimiento, que mire al amor con ojos inyectados y hostiles, que se mueva en esa parte de la realidad donde todo está podrido porque uno está podrido con su dolor de espalda.

Cuando me da hipo, (tal vez por salir un poco alicorado de un bar cálido al frío de una calle invernal), primero me río de mi propio hipo, pero si persiste y es fuerte, empiezo a hacer todas las triquiñuelas que me sé para quitármelo, triquiñuelas que nunca he sabido si funcionan o no porque el hipo parece que se me quita solo, cuando se me olvida. A lo que voy es que cuando me doy cuenta de que se me quitó el hipo, como que lo extraño, como que me divertía con él, con sus ataques explosivos a media palabra, con la risa de algún ocasional acompañante, con la emocionante vergüenza de ser escuchado por algún transeúnte. Extraño al hipo cuando se me quita, me cae bien el hipo. Pero a este dolor de espalda, si algún día se me quita, no creo que lo extrañe. Aunque, ¿quién quita? Suponiendo la alegre circunstancia de que el parásito sea un visitante ocasional (aunque lleve nueve meses viviendo en mi espalda, a la altura de mis caderas, ¡toda una gestación!) es posible que en épocas más felices yo rememore estos tiempos de dolor, confusión y ofuscación con cariño, casi con veneración, y los vea con los ojos de aquel que ha cumplido una prueba, que se ha sumergido en las tinieblas para poder ver el mundo más luminoso. Que, tal vez asqueado por tanta luminosidad, ansíe secretamente beber de los torrentes del vino oscuro de la conciencia con dolor de espalda, de la desorientación, del desengaño, de la banalidad, de la impotencia y la incertidumbre; Al fin y al cabo, todo eso hace parte de la vida.

Pero ¿y si nunca se me quita? Seguramente todos los días, al amanecer, un dolor agudo en la parte de atrás de la espalda me recordará que estoy vivo, que mi corazón late, que mis pulmones se expanden y contraen, que mis ojos ven, mis oídos escuchan, mi boca gusta, que estoy funcionando, pero que la vida se convirtió en un potro salvaje y feroz que hay que dejar pasar en su carrera sin intentar montarlo porque “qué dolor de espalda”. 


Bs. As. Agosto 30 de 2011

lunes, 31 de enero de 2011

Aparte de lo sucedido entre el cruelísimo tirano Lope de Aguirre y Pedrarias de Almesto

Estaba el cruelísimo tirano Lope de Aguirre una tarde de Enero en la célebre isla de los Bergantines, recostado contra el tronco de un gigante roble, sentado sobre la hojarasca que hacía poco era el techo de palma de una choza, leyendo, no sabemos cómo porque faltaban más de cincuenta años para que pasaran por la imprenta, una de las Novelas Ejemplares de Cervantes: La Gitanilla. Hacía algunos años que su vista le fallaba y tras pocos minutos, las letras abigarradas le bailaban frente a los ojos. La humedad y los hongos, para acabar de ajustar, estaban deteriorando rápidamente el papel, y como el tirano (aunque aún no lo tenían por tal) solo podía leer unos pocos minutos cada día, tenía temor de que el ambiente terminara primero con el libro que él. El vil traidor Lope de Aguirre levantó el rostro del libro y se puso a pensar. Ursúa ya no era un problema y Don Fernando debería estar, en ese mismo instante, rascándose las pelotas o echándose una siesta en la hamaca, en ambos casos, irremisiblemente entregado a sus ensueños de gloria, riqueza y poder. ¿O será que lo acosaban fantasmas de traición, castigo o muerte? eso no lo sabemos… sabemos que el cruel tirano vio a Pedrarias de Almesto pasando por su lado, con la armadura que le quedaba grande y dentro de la que se movía torpemente; la espada, también grande, con la punta arrastraba tierra del suelo.  El peregrino  Lope de Aguirre se asombró. ¿Pedrarias de armadura? Tendrá miedo el pobre. ¿De los indios o de nosotros? De nosotros. Y le silbó y gritó después: “hey Pedrarias, vení”. Y Pedrarias fue donde él estaba. “De ahora en adelante vos sos mi secretario y tu primera tarea es leerme un ratico este libro hasta que me quede dormido acá contra este roble. Pero primero, entregame la espada, que yo la agarro acá bien. La armadura dejátela, aunque no te deje ver casi y aunque te sintás incómodo, y te dé calor, y no te podás sentar a tu placer. Así vas viendo lo que es ser un soldado, un conquistador”. Pedrarias, obediente y sin decir palabra le entregó la espada y tomó el libro. Y empezó a leer. Casi al instante,  el cruelísimo tirano, con una sonrisa poco más que imperceptible, se quedó dormido, y hasta roncó, disfrutando del sueño balsámico que suele embargar a los tiranos y, en ocasiones, a los lectores de Cervantes.

Envigado, Enero 3 de 2011

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Aventura del Doctor Freud

El doctor Freud no tuvo necesidad de empujar la puerta de marco de madera y chapa dorada que servía de acceso al lobby del hotel, pues ni bien iba a empezar el ademán de empujarla, el botones, con su impecable uniforme blanco, rojo y negro, se le adelantó y la mantuvo abierta esperando que pasasen él y su acompañante. En este momento los tres cruzaron miradas: el doctor Freud, girando su cuerpo noventa grados (1), estiró su mano hacia la pelirroja que estaba detrás suyo y mirándola a los ojos, la invitó a trasponer el umbral. La pelirroja, mirando fijamente al Doctor Freud con una expresión ambigua en su rostro, como si estuviera conteniendo algo (2), lo adelantó y antes de entrar, mandó una mirada rápida y adusta al botones norafricano que la miraba sonriente, mostrando ostentoso sus dientes blancos que contrastaban con su tez negra oscura a la tenue luz del crepúsculo (3). Antes de cruzar el umbral, el doctor Freud y el botones también se miraron fijamente. El doctor Freud parpadeó con un solo ojo (4). Una vez adentro todos, el negro se apresuró a adelantarse hasta la recepción y pidió la llave de la habitación del doctor Freud (5). Atravesaron un corredor lúgubre, el negro a la vanguardia con un candelabro de siete velas encendidas, el doctor Freud a la retaguardia y la pelirroja, vacilante, en el medio (6). El negro hizo girar la llave (7), abrió la habitación, y sonriente, a la luz de las velas, los invitó silencioso a entrar. Ellos entraron. Cuando estuvieron adentro, el negro entró también y puso el candelabro en una de las pequeñas mesas (8). El doctor Freud se quedó absorto una veintena de segundos, mirando al vacío. Luego pareció reaccionar, y como saliendo de cierta perturbación, sacudió su cabeza (9). El doctor Freud, sin decir nada, cerró la puerta y fue sacando con su mano izquierda un pequeño papel doblado que tenía en su elegante abrigo (10). Lo desdobló y con una pequeña navaja que también sacó del mismo bolsillo, empezó a pulverizar, absorto, una pequeña roca blanca que había en el papel doblado (11). Se sentó, en el sofá, al lado de la pelirroja, que empezó a moverse inquieta (12). El doctor Freud acercó un pequeño morrito del polvo en la punta de su navaja a su fosa nasal izquierda. Aspiró con ruido. Luego otro morrito a su fosa derecha. Aspiró nuevamente. Con un nuevo morrito invitó a la pelirroja a acercarse (13), cosa que la pelirroja hizo con presteza no sin dejar traslucir un gesto de preocupación (14). La operación se repitió unas cuantas veces, siempre la punta de la navaja con su pequeña carga de polvo blanco, como sal. Cuando consideró que ya se había logrado el efecto buscado (15), puso la navajita y el papel en la mesa del centro y empezó a desvestirse. Los dedos le temblaban, ansiosos, mientras desabrochaba los botones de su abrigo, su chaleco, su camisa, su pantalón. Cuando estaba completamente desnudo, miró a la pelirroja, que solo se había quitado los interiores y lo miraba desde el sofá, sonriendo, con las piernas abiertas, mostrándole su sexo. La boca del doctor Freud empezó a moverse incontrolable, rechinando los dientes. Se acercó a la pelirroja, la agarró de una mano, y con un fuerte tirón la aventó al piso (16). La pelirroja, con un chillidito, cayó al suelo en cuatro patas, y el doctor Freud le levantó la falda. Miró con regocijo los dos agujeros. En menos de lo que canta un gallo, tomó su pequeña verga psicoanalítica y se la clavó con una violencia insospechada en un viejo como él por el agujero marrón, mientras gritaba con desenfreno

- Así es que les gusta a ustedes... así era que le gustaba a mi mamá.

Unos pocos segundos después, entre los sollozos de la pelirroja, se escuchó el gemidito quedo y orgásmico del doctor Freud, quien se puso a llorar inmediatamente. Fue entonces cuando volvió a aparecer el botones, con su verga negra y descomunal, que el doctor Freud tomó con cariño entre sus manos y empezó a besar, acariciar y chupar con desenfreno, con desespero, y entre una y otra chupada apenas alcanzaba a decir:
 - Mami, mami, cuánto te extrañé… papi, papi, perdóname

Al fin la leche llenó su boca y él se la tragó toda, satisfecho; y el doctor Freud se quedó dormido en el suelo, soñando que se interpretaba los sueños.

 (1) El doctor Freud pensó que aunque era anormal, era un ángulo simbólicamente asociable a una erección poderosa siempre y cuando su punto de partida fuera una línea horizontal.
  (2)El doctor Freud pensó que tal vez tenía una fijación en la etapa anal.
  (3)El doctor Freud pensó que tal vez en la infancia del norafricano había una carencia en la relación con lo materno, o alguna patológica fascinación con las mujeres de cabello rojo seguramente relacionada con la violencia innata de los negros y su gusto por la sangre.
  (4)El doctor Freud pensó que el negro todavía vivía en los tiempo oscuros del fetichismo
  (5)Sin poder evitar pensar que ese doctor Freud era un corrompido: era la tercera vez en cuatro noches que el doctor llegaba de sus reuniones aristocráticas acompañado por una dama diferente y le guiñaba un ojo antes de entrar al lobby del hotel.
  (6)El doctor Freud pensó que ese desplazamiento por el corredor oscuro podía ponerse en relación, en alguno de sus trabajos, con el primer trauma de todo ser humano: nacer
  (7)El doctor  Freud pensó que no sabía qué pensar y se le hizo extraño que no estuviera su súper-yo gritando enloquecido, recriminándole su falta de análisis.
  (8)El doctor Freud, mirando el candelabro de las siete velas, recordó que era judío y se dijo a sí mismo que odiaba a su padre, e imaginó matándolo de un golpe en la cabeza con el candelabro. También vio la sangre esparcirse por el suelo de madera.
  (9)La pelirroja pensó que era un hombre brillante a pesar de ser un maldito loco, y comenzó a excitarse.
  (10)Obviamente interrogándose qué tenían que ver estos actos con la pulsión de muerte.
  (11)Aparentemente sin pensar en nada más.
  (12)“¿Será ese su famoso anestésico?”, pensó la pelirroja.
  (13)“A ver si así dejás de reprimirte”, pensó el doctor Freud.
  (14)“Este viejo se las trae”, pensó la pelirroja.
  (15)Pensó el doctor Freud: “esta pelirroja ya está con la cara colorada. Ahora sí vamos a quitarle la histeria a esta perra aburguesada”.
  (16)Pensó en ese momento el doctor Freud que somos animales y por tanto la violencia y el sexo siempre estarán unidos. Eso ya lo había comprobado en sus trabajos… solo le estaba dando vía libre.


Bs As agosto 4 de 2010

martes, 31 de agosto de 2010

Una pequeña isla viene bajando por el río Nechí

Para Juanda Londoño, que "vió" conmigo.

Una pequeña isla viene bajando por el río Nechí, lenta, parsimoniosa; su transcurrir apenas es turbado por las olas que lanzan, indiferentes, las pocas lanchas a motor que suben o bajan por el río, y que hacen a la isla bambolearse levemente, provocando así el espanto en la aves de rapiña que temen mojar sus plumas, no diseñadas por la naturaleza para estos ocasionales ágapes.

Una pequeña isla viene bajando por el río Nechí, lenta, parsimoniosa, bamboleante, atestada de gallinazos o goleros asustados. Pero el miedo ancestral al agua que experimentan estos reyes del aire no es suficiente para acallar los gritos persistentes de su hambre nunca saciada. Agitan sus alas, haciendo equilibrio, intentando balancear el peso de los unos con los otros para evitar que la isla se dé vuelta. A veces alguno alza el vuelo unos metros y vuelve a posarse sobre la isla, provocando que cualquiera de los que están al otro lado a su vez alce el vuelo.

Una pequeña isla viene bajando por el río Nechí, lenta, parsimoniosa, bamboleante, y cada vez es más pequeña bajo la frenética y voraz codicia de los carroñeros. Cuando estamos lo suficientemente cerca, nos damos cuenta de qué es esta isla: como en un espejo, vemos nuestras manos, nuestras piernas endurecidas por el rigor mortis, nuestra barriga inflada por acción del agua y la putrefacción. Nuestros corazones palpitan, tal vez imaginando las lejanas tristezas de una madre por su hijo calavera; o de una esposa por su marido; o de un hijo por su padre. En nuestra lancha nadie más parece ver la isla, a pesar de que por un momento todos los ojos la miran. El conductor aumenta las revoluciones del motor fuera de borda. El trabajador social de la gigantesca empresa minera nos mira, avergonzado de su indiferencia: no quiere perder el día haciendo papeleos, dando testimonios vagos que ni le van a devolver la vida al muerto ni van a esclarecer el crimen. Al fin y al cabo, la mejor sepultura es el río, tal vez el mar.


Bs As, Agosto 31 de 2010

jueves, 25 de febrero de 2010

Como una semilla de maíz



El tiempo viene cabalgando a una velocidad vertiginosa hasta que el machete, en lo alto, refleja la luz del sol y te obliga a parpadear; entonces detiene el tiempo su carrera y se hace lento, parsimonioso, (“compasivo”, piensas), y cuando abres los ojos te da la oportunidad de meter la eternidad en un instante. No ves el pasto, ni las botas, ni los dientes de león con sus pequeñas y lindas flores amarillas asediadas por abejas negras; no… sino que ves tu vida entera desfilar ante tus ojos, sin afán, como si quisiera que no se te escapara ningún detalle: el sonido de la lluvia, el olor de la niebla, la sensación del sol en la piel; tu madre, tu padre (incluso el día en que se marchó entre gritos y maldiciones), tu maestra y tus compañeros en los tres años que estudiaste la primaria; te ves trabajando en los cultivos de caña de tu abuelo, en el cacaotal de los Gutiérrez, arriando las vacas de Tulio, tu primo mayor; vives nuevamente las ansias de que el tiempo pase rápido mientras los primeros vellos púbicos salen a la superficie anunciando tu hombría. Ves con nitidez a Andrea que, con su piel suave como una fruta fresca y esos pequeños pezones infantiles que nunca estaban aprisionados, como botones de rosa, te hizo desear por primera vez a una  mujer. Recuerdas a Lina, su mirada turbia, hermosa e incitante; y revives a  Claudia, sientes nuevamente el amor de alguna vez, antes de que te engañara, te dejara y se enredara con el soldado que meses después la dejó preñada, sin consuelo y sin ganas de vivir. Te vuelves a emborrachar en ese diciembre lejano, con la camisa abierta que deja ver los vellos ya vigorosos de tu pecho, y bailas frenético en las fiestas del pueblo, con el desespero del que ha cumplido una dura jornada partiéndose la espalda bajo un sol abrazador y quiere su desquite. Y en medio de tu borrachera ves por primera vez, nuevamente, a Jésica, a tu Jésica, la del otro pueblo que venía en las semanas santas a los eventos deportivos, y se te vuelve a bajar, como en ese día, la borrachera; te acercas a ella, le hablas, la invitas a comer con la plata de tu jornal, y no tomas más esa noche porque ya no tienes con qué comprar más trago. Eres feliz de nuevo: un buen novio, un buen hijo, un buen yerno, un buen esposo, un buen jornalero, y nunca dejas de buscar la manera de llevar todo a la casa, a donde tu mujer, a donde tu hijo, que no tardó en nacer. Por eso no te falta la comida, el abrigo y la cama que, aunque a veces es caliente y a veces solamente dura, siempre está allí para descansar de las arduas jornadas. Pero entonces los tiempos cambian, o tú cambias, o los dos… y te cansas: armas tu cultivo en las pocas hectáreas de tu madre, y aprendes a procesarla sin importar qué piensa la gente del esposo de la maestra. Destrozas tus manos pelando las ramas de la planta que alguna vez fue mucho más que un vicio vano de otras gentes que nunca fuiste tú. Es entonces cuando llega la abundancia: tu madre tiene un gran televisor; tu Jésica, a pesar de sus reproches, tiene libros, cuadernos, toda clase de lápices de colores, maquillaje, un gran espejo y un equipo de sonido que enciende todos los días al atardecer y cuya música la hace bailar de alegría mientras hace la comida, o le ayuda con la tarea al hijo o, simplemente, mira la puesta del sol entre  las brumas de las montañas distantes. Como en esos días, sabes que la abundancia no llega sola… y así es: no tardan en aparecer los hombres de uniforme que desde siempre conoces, pero esta vez, a diferencia de tiempos más felices, vienen buscándote a ti: quieren su tajada; y revives esos momentos de resignación y amargura cuando ya no eres dueño de tu cultivo sino un simple jornalero de ellos, como lo habías sido de Tulio, tu primo, de los González, de tu abuelo, o de los muchos patrones que tuviste, con la diferencia de que ahora no se trata de plata, no, ahora se trata de tu vida, de la de tu mujer, de la de tu madre, ¡de la de tu hijo! Tienes que vivir de nuevo, por desgracia, los días de los rumores, de los cuchicheos, de la desconfianza, de las miradas furtivas: vienen, se acercan, inexorablemente, otros uniformados, y a su paso vienen dejando charcos, ríos, lagunas, mares de sangre y huesos, y no hay forma de escapar de ellos. ¡Hasta hoy! el último día de tu eternidad, tu último instante.

Dejas de recordar y ves (más allá de las pequeñas y lindas flores de los dientes de león asediadas por abejas negras) que tu hijo está escondido entre los matorrales, con los ojos bien abiertos por el espanto, viendo cómo un joven de bigote incipiente intenta en vano con un machete separar de tus hombros tu cabeza, cumpliendo, por voluntad de los que ríen mientras le mandan palabras de aliento, un rito iniciático que, piensas, no alcanza a comprender. Entonces intentas gritar, fijos tus ojos en los de tu hijo, pero la sangre ahoga ese último grito. De pronto te tranquilizas: “la vida vive gracias a la muerte”. Tu cabeza, sola, baja por la ladera de la montaña que tus pies hoyaron desde la más tierna infancia. Tu cabeza, como una semilla de maíz. Tu hijo, entre los matorrales, guarda el más absoluto silencio aunque sus ojos gritan de dolor.

Bs As, Febrero 23 y 25 de 2010

viernes, 29 de enero de 2010

Chócolos

                                                                                               Para Ana, a quien le compré los chócolos.

Hay cosas que sabes porque te las han contado; pero hay otras que sabes porque tu percepción y tu conciencia, en una situación determinada, trabajaron en conjunto y generaron lo que llamas experiencia, tu vida vivida. Por eso crees poder predecir lo que habría pasado con los chócolos, porque hace varios años viste algo similar con unos aguacates, que te generó un particular estado de ánimo.

Atenazado por las dinámicas de esta ciudad esclavizante, hoy en la mañana, no muy temprano, sales en tu bicicleta rumbo al trabajo. El calor del verano porteño ya está subiendo a las típicas temperaturas inaguantables cuando llegas a tu destino, sudando, y a seguir sudando mientras abres y organizas para el resto del día el puesto de compra y venta de libros usados. A pesar de las bromas y chanzas que intercambias con tus compañeros bonaerenses (los que trabajan en los puestos vecinos) sobre costumbres, lenguajes, mujeres, comida, trabajo, el calor es tan agobiante que prefieres encerrarte en tu puesto de trabajo, bajo el amparo del aire acondicionado. Dadas las características de la construcción de este tipo de puestos, el dichoso aparato sólo funciona como un atenuante del bochorno, pues el aire frío tiene una inmensa ventana por dónde escaparse. Pones por internet el programa de radio que te gusta escuchar, una radio de tu tierra, a cincomilkilometros, donde comentan los últimos actos de corrupción de los políticos y contratistas del estado, las polémicas surgidas por el accionar de los entes estatales y no estatales, y algunos hechos de farándula y cultura (en este día te sorprende enterarte de la muerte del abuelo de un amigo, por medio de la radio, que hasta le tributa un peregrino homenaje, poniendo como fondo algunos temas compuestos por el anciano que murió a los ochenta y tantos de edad… el mundo es muy chiquito, piensas).

Mientras cambias las bolsas llenas de polvo de algunos libros exhibidos, llegan dos jóvenes y se sientan en un murito al frente tuyo. Traen costales cargados de chócolos y pimentones. Ya los conoces. Ellos organizan los pimentones en bolsitas de a dos o tres y los venden más baratos que en las verdulerías de los bolivianos. La semana pasada les compraste unos pimentones y quedaste satisfecho, pero hoy te llaman la atención son los chócolos. Extrañas los chócolos, tan comunes en tu tierra. Desde que estás en Buenos Aires, solamente una vez compraste chócolos y salieron tan secos, duros, insípidos, que decidiste nunca más comprar, pero en días pasados leíste un cuento donde unos niños se comían unos chócolos y quedaste tan antojado que no puedes evitar pararte, salir de tu puesto y preguntar el precio. Te lo dicen y hasta te ofrecen una promoción. La verdad, ni siquiera sabes si están caros o baratos, sabes que los chócolos están grandes, y suaves al tacto, tal como los de tu tierra, y en una acción llena de ilusión y nostalgia compras la promoción. No es gran cosa, al fin y al cabo son para ti y tu novia, dos chócolos para cada uno, y dos pimentones. Los guardas en una bolsa, les haces un nudo y entras a tu puesto, donde sigues cambiando las bolsas deterioradas y sucias de los libros usados que vendes. Pasan las horas, acompañadas por las voces familiares de los periodistas de la radio, por el sonido de la bolsa vieja que se rompe y la nueva que se desliza suavemente, y el murmullo constante del aire acondicionado. El calor arrecia afuera. Después de las tres de la tarde es el cambio de turno. Antes de salir, coordinas algunas tareas de los próximos días con tu jefe, te pones la gorra y amarras la bolsa de los chócolos y los pimentones a tu pequeño bolsito en forma de carriel, que te tercias, orgulloso, satisfecho. Seguramente tu novia se va a alegrar cuando le muestres los chócolos grandes y suaves que compraste. A ella siempre le causa mucha alegría encontrar productos que le evoquen su tierra.

Mientras quitas la cadena que protege a tu bicicleta contra el posible trabajo de un ladrón, uno de los jóvenes de los puestos vecinos te pregunta qué vas a hacer con esos choclos (porque en Buenos Aires son “choclos” y no “chócolos”, como los llamas tú). Le dices que todavía no sabes, que pueden ser muchas cosas, pero solo le dices que tal vez unas arepas de chócolo, o un sancocho, o simplemente chócolo asado. Te despides entre bromas, pedaleando despacio y buscando la sombra para no recalentarte demasiado. Varias cuadras más adelante, rumbo a tu casa, cuando llegas al parque Centenario te encuentras con el empedrado de la calle, que te hace vibrar sobre todo las manos y la nalga. Ya estás sudando copiosamente y te sientes un poco torpe por el calor. Los chócolos amarrados te pesan bastante y constantemente has tenido que corregir la posición del bolsito para que no te estorbe el libre movimiento de tus piernas que, lentamente, gracias al movimiento circular uniforme, te llevan a la casa, donde hay sombra y ventilador. Cuando estás apunto de abandonar el tramo de piedras para entrar al pavimento, el bolsito se vuelve a desbalancear y choca contra tu pierna izquierda. Al tirarlo hacia atrás con tu mano izquierda no puedes evitar que tu mano derecha seda un poco en el control de la dirección del manubrio y la bicicleta se corre un poco hacia la izquierda. En ese momento un automóvil pasa raudo, (imprudente, piensas) a unos pocos centímetros de la llanta delantera de la bicicleta. Por poco escapaste de que te atropellaran. Es entonces cuando tu mente, siempre juguetona, te hace pensar qué hubiera pasado si te atropellara el auto. Imaginas la caída, la bolsita de los chócolos arrastrándose contra las piedras a la par que tu ropa, tu carne, tus huesos, tu cerebro. Por un segundo te imaginas muerto, tirado allí, la bolsita de los chócolos rota y los chócolos desparramados en el empedrado del parque Centenario, mientras tú yaces sangrante a unos pocos metros, enredado en la bicicleta. Imaginas a los carros que pasan y, curiosos, disminuyen la velocidad para ver el accidente, el muerto, la sangre, los chócolos… es entonces cuando recuerdas la escena de los aguacates, allá en tu tierra natal: tu padre manejando y tú en el puesto del copiloto. Hay un accidente. Los guardas de tránsito inhabilitan un carril y todos los autos, incluido en el que vas tú, tienen que pasar lentamente justo al lado del siniestro. Mientras se acercan te palpita el corazón. Por morbo miras con avidez… y ves los aguacates esparcidos varios metros. El centro de la atención de los guardas de tránsito, los policías y los curiosos es un hombre inmóvil debajo de una moto, pero tú te quedas mirando los aguacates, quietos, como carentes de propósito, como un grito callado, y entras en un estado de ánimo melancólico, y sientes una tristeza profunda e inexplicable por ese hombre que murió casi al amanecer, llevando mercancía, seguramente trabajando para sostener a su familia. Imaginas que alguien ese día se va a quedar esperando a esos aguacates y a ese hombre. Es entonces cuando sabes, sin lugar a dudas (porque así te lo dicta tu experiencia), que si ese automóvil te hubiera atropellado y te hubiera matado, alguien habría quedado profundamente conmovido al ver esos cuatro chócolos desparramados en la calle empedrada, imaginando tal vez a la novia para quien estaban destinados y que, posiblemente, no sabe aún que su novio ha muerto por llevarle unos chócolos que le evocaran el sabor de la tierra lejana y la hicieran, aunque solo fuera por un momento, un poco más feliz.

Bs As Enero 29 de 2010  (Sensación térmica 38,2 Cº)

martes, 26 de enero de 2010

Debajo del árbol de pomas


Ahí, debajo del árbol de pomas, te sientes como un figurín más, insertado por una voluntad desconocida y poderosa dentro del tejido denso y gigantesco de la selva, donde el verde, el negro y el marrón se mezclan en tan diversos tonos y matices que crean la sensación de una policromía pasmosa y desconcertante, que tiene poco de real pues sólo por aquí y por allá aparece el rojo de una flor, el amarillo de un fruto o una mariposa, el azul de algún pájaro.

Tu ojo está más atento de lo usual pues te han dicho con fuerte voz de mando que el enemigo está cerca. Cualquier movimiento en las ramas de los árboles y hasta el menor chasquido en la hojarasca que tapiza el suelo te hacen levantar tu arma cargada y sin seguro, y apuntar. Pero no llegas a disparar porque al final siempre ves al pájaro o al roedor, o las cosas movidas por el viento, y tu dedo se relaja. Además, sabes que Giraldo está por regresar. Estaba ahí contigo hace algunos minutos, fumando, a sabiendas de que es peligroso. Pronto aparecerá por entre los matorrales. Fumar siempre le da ganas de cagar. Sonríes, pensando en sus ocasionales estreñimientos y te tranquilizas pensando que eso explica su tardanza. Recuestas tu espalda contra el tronco liso del árbol de pomas y te sientes muy cansado. Piensas en las largas y copiosas horas que llevas apostado allí, vigilando que el acechante enemigo no se acerque al campamento donde están tus compañeros y tus superiores.

Varias ardillas alborotan en la copa del árbol de pomas, persiguiéndose a velocidades asombrosas, y con sus movimientos hacen que se precipiten a tierra algunos frutos maduros (amarillos con pequeñas zonas rosas) que producen un agradable chasquido al chocar contra el suelo, como una acolchada explosión en miniatura. Es un sonido que conoces bien, desde que eras niño y subías a los árboles de pomas del vecindario a llenar bolsas con tus amigos y a atiborrar tu pansa de golosinas gratis. Tu boca pastosa, atizada por tus recuerdos infantiles y agobiada por la sed, te pide con un grito silencioso que des dos pasos, te agaches, y recojas alguno de los varios frutos que cayeron y que, redondos, prometen su jugosa recompensa. Pero piensas que no debes hacerlo, tienes que estar pendiente de cualquier movimiento que pueda indicar la presencia del enemigo. Miras las pomas y piensas que no es tan grave, a lo sumo unos diez segundos, después de los cuales estarás en guardia nuevamente, y por cosas que no te alcanzas a explicar, recuerdas los sermones del cura del barrio, que hablaba del libre albedrío, aquel don que Midios había entregado a la humanidad y que la diferenciaba de todos los otros animales; te acuerdas también de la historia del desierto en la que El Maligno tentó al Señor pero no pudo vencerlo. Porque el Hijo de Dios tenía sed -y seguramente la boca pastosa (¿o tal vez no?)-, pero no desfalleció y venció todas las tentaciones. Te preguntas por qué es malo tener sed y solo se te ocurre que la sed constituye una debilidad.

Las ardillas continúan correteándose en lo alto del árbol de pomas, y en ocasiones saltan a los otros árboles. Tu mirada se alterna entre la selva circundante y las pomas amarillas que se te ofrecen desde el suelo. Aunque lo habías notado casi desde que llegaste allí, sólo ahora le prestas atención al olor que hay debajo de este árbol, a fruta dulce, madura, porque junto con las amarillas y limpias recién caídas, hay otras pomas ya más desgastadas, un poco más marrones que, aún en descomposición, perfuman el aire con un agradable olor que te evoca un sentimiento impreciso de niñez. Ya vencido decides agacharte a recoger un par y cuando das dos pasos, el sonido de una rama que se quiebra te sobresalta. Viene de un lugar al frente tuyo. Levantas tu arma, el dedo en el gatillo. Tu corazón se acelera: esa no es la dirección por la que debe retornar Giraldo después de cumplida su misión escatológica… y eso sonó a animal grande, a humano, a enemigo. Cientos de imágenes desfilan frente a tus ojos, algunas que has visto, algunas que has creado pintadas con las palabras de las historias de otros. Degüellos, balazos, mutilaciones, cautividad, vejámenes… también medallas, no lo niegues.

Te agachas, sin dejar de apuntar, y cubres parte de tu cuerpo tras el árbol de pomas. Ahora sí que no puedes tomar una de las frutas del suelo. Sientes que tus pensamientos de hace un momento eran bastante extraños y preocupantes, como si fuera una prueba, una tentación de El Diablo, que intenta perderte y entregarte descuidado al enemigo. Te preguntas dónde está Giraldo y piensas que corre grave peligro, por ahí, con los pantalones abajo, con su culo blanco alumbrando entre la manigua sin las ventajas del uniforme camuflado, que imita el tejido de verdes, negros y marrones de la selva. Te perturbas a ti mismo un poco más, imaginando las inconcebibles cosas malas que le pueden pasar a Giraldo si lo encuentra el enemigo. Tratas de mantener la calma, aunque la punta de tu fusil empieza a temblar un poco. Un nuevo crujido de madera, pero más suave. Una silueta difusa se mueve adelante, abriéndose paso entre arbustos y lianas en actitud acechante, alerta. Distingues el fusil. El corazón te golpea en las sienes y te agobia su estruendo. De pronto, cuando estás apunto de accionar el gatillo y de disparar tu proyectil mortal cargado de miedo, reconoces algo en el andar de la figura, cierta postura familiar… es Giraldo, que viene avanzando hacia ti con cautela. Cuando se acerca, en su mueca preocupada puedes leer que está apenado por no haber sido discreto al caminar en un lugar tan peligroso. Te relajas, te agachas, agarras una poma, y mientras la muerdes y sientes su sabor dulce y la sensación refrescante que invade tu boca pastosa, no puedes evitar pensar que esa mariguana de Giraldo es muy fuerte y siempre te pone paranoico.

Bs As, Enero 25 de 2010.



miércoles, 20 de enero de 2010

Tus pies



Pensaste en un caballo que, cuando se le paran encima las moscas, los mosquitos o los tábanos, intenta espantarlos sacudiendo su piel con ese extraño movimiento de cuero tan característico, para el que no tiene que mover necesariamente las patas o los músculos principales del cuello. Pero a medida que los movimientos telúricos bajo tus pies fueron aumentando su intensidad, no pudiste evitar imaginar un perro cuando se seca después de una inmersión en el río, el mar, o de un simple baño con manguera, que se va sacudiendo con fuerza desde el hocico hasta el último músculo de su cola, arrojando a la distancia las gotas de agua que empapan sus pelos. No pensaste en correr, a pesar de los gritos que se escuchaban venir desde los cuatro cuadrantes. Y no lo pensaste porque tras las imágenes de los animales, vinieron otras, que te dejaron como clavado en aquel cuartucho de vigas de palo, paredes de madera y techo de lata. Eran imágenes antiguas, de origen impreciso en tu memoria pero que, sabías, eran recuerdos; aunque acéptalo de una vez, eran recuerdos que no pertenecían a tu vida y más bien tenías la impresión de que corrían por tu sangre antigua, más antigua que todas las sangres. Eran los recuerdos de tus pies ancestrales que guardaban la información de miles de sismos y terremotos y que ahora, mientras se tambaleaba vertiginosamente tu precario refugio, te abrumaban con imágenes de otros tiempos, algunos más remotos que otros, pero todos idos ya. Viste desmoronarse cuevas, bosques, ciudades enteras; viste surgir en el suelo grietas oscuras e infinitas que no te atrevías a examinar con detenimiento y hasta llegaste a caer en una de ellas. Cuando pensaste que ibas a morir de sed, precipitado en un abismo sin fondo, abriste los ojos, como despertando por el estruendo que producía tu cuchitril al desplomarse, cediendo al empuje de la tierra que quería deshacerse de él. Todo se te vino encima: maderas, palos y latas. Agitado pero sin pánico, te diste cuenta de que estabas atrapado por lo que alguna vez construiste para que te protegiera de la lluvia, el sol y el frío. El polvo te impedía respirar a gusto. Tu brazo izquierdo, atrapado por lo que hacía pocos segundos era la viga de tu precario hogar, no te dejaba mover. Al fin, empujando con tu mano derecha con una fuerza que nunca hubieras imaginado que reposara en tu cuerpo endeble, lograste liberarla, amoratada, sangrante, los huesos rotos, y con desespero, con tu única mano útil y ayudándote a veces con pies y piernas, empezaste a remover maderas, latas y palos hasta que saliste de entre los escombros, y te encontraste bajo un sol recalcitrante que se veía borroso por en medio de una nube de polvo que parecía sin principio ni final. En las estrechas calles de tierra viste algunas pocas personas, seguramente las que alcanzaron a salir de sus casas, y todas ellas estaban gritando desesperadas frente a lo que había sido su vivienda o la de algún pariente y que ahora solo era un montón de escombros arrumados en un desorden que parecía una escritura concebida con una lógica inhumana. Quisiste ayudar a los desesperados, pero nuevamente la tierra se estremeció y volviste a ver tus pies antiguos, corriendo desesperados para salvar su vida en tierras ignotas y tiempos olvidados.

Despertaste por el dolor en tu brazo. La nube de polvo se había ya desvanecido y el sol del medio día te hacía arder las heridas. Estabas tendido en el suelo, a pocos pasos de tu pequeña casa derrumbada. La gente corría a tu alrededor, casi pasándote por encima. Nadie te miraba. Muchos otros cuerpos en el suelo te hicieron darte cuenta de que ya te habían dado por muerto, como a tantos. Estabas cansado, pero no por eso te rendiste y, con un esfuerzo inaudito, te levantaste lentamente y comenzaste a caminar, tambaleándote, buscando entre los escombros el camino al hospital; allá, pensaste, te iban a ayudar. Cuando llegaste y viste el hospital derrumbado, en ruinas, rodeado por cuerpos sin vida, sentiste que las fuerzas te abandonaban y te dejaste caer de rodillas sobre el polvo de la calle, mirando a todos lados, sintiéndote observado por los centenares de muertos que yacían en el suelo con expresiones de desesperación y dolor. Lloraste, sí, lloraste, pero no por el dolor de tus heridas sino porque sentiste que ya la esperanza te había abandonado, pero la vida seguía ahí, impertinente, impidiéndote descansar, retornar a tus Orichas, reencontrar a tus ancestros. Lloraste largo rato entre tus hermanos muertos y al fin decidiste levantarte, buscar ayuda o, por lo menos, consuelo. De pronto se sintieron de nuevo los movimientos de la tierra que, definitivamente, se quería deshacer de los moscardones que la atosigaban y tus pies antiguos, de palmas claras, te llevaron a insospechados parajes y corrieron por su vida. No te diste cuenta cuando el poste de la luz se desplomó y cayó sobre tu cráneo, pues tus pies te llevaban por un camino al final del cual viste a tu madre, muerta hace muchos años, que te llamaba con sus brazos abiertos. Feliz, te abrazaste a ella, sonriendo. Desde el otro lado del umbral, varios días después, viste a los cascos azules que se estremecían mientras depositaban tu cuerpo inerte junto con otros en una fosa que sería su último lugar de reposo. Se estremecían porque no comprendían tu sonrisa.

Bs As Enero 20 de 2010

martes, 12 de enero de 2010

En el Museo de Bellas Artes


El museo era bastante grande. Tu curiosidad había sido azuzada por numerosos comentarios que alababan la colección del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. Te dijeron que había un Rembrant, un Van Gogh, varias obras de Goya, algo de Gauguin, Chirico, Cézanne, Renoir, Rivera, entre otros muchos que te mencionaron pero que cuando fuiste ya habías olvidado. Antes de entrar, eso sí lo recuerdas, estabas emocionado, querías tener frente a ti todas esas obras famosas, mirarlas detenidamente, jugar a hacer el papel de curador inexperto y tratar de explicarte a ti mismo porqué se les otorgaba tanto valor; es necesario reconocer que casi siempre te ha parecido feo, decadente, lo que los críticos más valoran del llamado arte contemporáneo  y llevabas la idea de que teniendo las obras de pintores tan famosos en frente tuyo tal vez estas iban a irrumpir con tal fuerza sobre tu percepción que no ibas a tener más remedio que reconocer lo que otros vieron y decir “sí, son excepcionales, impresionantes, muestran lo que vive dentro de nosotros, desnudan los arcanos del inconsciente humano”. Cuando llegaste, le preguntaste a uno de los hombres de la vigilancia sobre la distribución del museo, y él te informó que tenía dos pisos: arriba, en el primer piso, estaba la colección de arte argentino; en la planta baja, el arte europeo. Tal vez por tus propios prejuicios, decidiste ir progresivamente, de “menor a mayor”, de “peor a mejor” y subiste al primer piso, donde descubriste que además había un orden cronológico. Siguiendo lo que supusiste era una continuación de la lógica que te había hecho subir, caminaste rumbo a la pequeña sala oscura, casi macabra, donde descansaban algunas piezas del llamado arte precolombino, piezas de piedra, cerámica o tela que siempre te han parecido incluso más incomprensibles que las obras del arte “nuevo”. Atravesaste dos puertas de vidrio que cedieron tras tu empuje y llegaste a dicho salón. Una ambientación sonora que semejaba sonidos primitivos reforzaba lo tétrico de la sala. Caminaste lentamente, entre los sonidos profundos, parecidos a aullidos, que lanzaban al ambiente los pequeños parlantes situados en las esquinas. Miraste primero las pequeñas esculturas de la entrada. El hombre que se masturbaba con su mano derecha mientras con su mano izquierda parecía sostenerse la barbilla te hizo sonreír. Algunas otras figuras zoomorfas y antropomorfas llamaron tu atención pero no les diste demasiada importancia. Tampoco se la diste a los tejidos de algodón, cuidadosamente elaborados con figuras geométricas poco convencionales. Pensaste que en un museo porteño esta sala no constituía más que una formalidad pues es bien conocido el afán de los argentinos de Buenos Aires de borrar toda huella que las culturas indígenas y negras puedan dejar dentro de su seno; afán nunca satisfecho, que a algunos, no demasiados, les causa vergüenza, mientras que para otros, constituye la piedra angular de su idiosincrasia semi-europea. No dejaste de notar que las piezas pertenecían al noroeste argentino, a la región de los Andes, y tenían una datación tan imprecisa que no decía mucho.

De pronto viste el árbol, al que le colgaban figuras de pájaros y semillas y en el que se podía ver la representación de un hombre pajaroide… y algo extraño ocurrió dentro de ti. Por un momento cerraste los ojos y la palabra “Tahuantinsuyu” resonó varias veces dentro de tu cabeza y te transportaste a una región lejana en el tiempo y el espacio, y viste, como en una película (no, de una manera mucho más vívida que en una película), una visión sobrecogedora. Viste tus manos arrugadas y de uñas largas, de vieja india, tu manta de algodón desgastada por el uso, la tierra seca, parda, estéril, y una fosa… y viste ese mismo árbol que, sabías, lo había elaborado el viejo que descansaba, sin vida, o mejor, con la vida de los muertos, en lo profundo de esa fosa y al que ahora estabas dando sepultura en medio de la soledad más pasmosa. Pusiste el árbol dentro de la fosa, al lado del cuerpo inerte del viejo, pensando que el secreto quedaría bien guardado, que nadie, excepto tú, podría saber jamás la verdad aterradora que se ocultaba bajo esas formas más o menos simples que representaban una alegoría aterradora de la condición del hombre en la tierra. Abriste los ojos, de nuevo en el museo y supiste que lo que pensaste hace cientos de años había sido un error: ahí estaba el árbol, a la vista de todos, con todo su poderío evocador, dispuesto a asaltar a los desprevenidos turistas y curiosos con sus verdades misteriosas. Entre horrorizado y preocupado saliste despavorido del museo, pensando que lo único que no hacía tan grave el asunto era el hecho de que muchos ojos están cerrados así parezcan abiertos. Juraste no volver a poner un pie en ese lugar, aunque nunca fueras a ver el Rembrant, ni el Van Gogh, ni las varias obras de Goya y los otros artistas renombrados.

Bs As Enero 8 y 12 de 2010.

jueves, 8 de octubre de 2009

La tejedora

Desde anoche estoy aquí, en este rincón oscuro de esta casa enorme, hilando delicadamente, tejiendo con paciencia, intentando dar forma a esa estructura mágica que aparece como una imagen apremiante en mi cabeza. He tejido desde que soy muy pequeña, unas veces por placer, otras por necesidad, y considero que mis trabajos son obras de arte, porque en ellos pongo toda mi energía. El arte de tejer lo aprendí sola y en soledad. Yo creo que no conocí a mi madre, pero si la conocí, debí haber estado muy pequeña, porque no guardo ni un solo recuerdo de ella. De todos modos creo que no la he necesitado porque desde muy chica me he ganado la subsistencia.

Yo ya tengo mi método. Al principio lo hacía un poco a ciegas, tejiendo compulsivamente y esperando que lo que compusiera quedara bien. Y aunque algunas de esas piezas quedaron hermosas, una tiene que ser realista, tiene que adaptarse a las circunstancias, al cliente; y eso es una de las cosas más difíciles, porque hay muchos tipos de clientes, y algunos lo que necesitan son grandes piezas de tejidos separados, con pocas figuras y retoques, y a otros lo que les sirve son pequeñas piezas abigarradas de tejidos coloridos, con mil formas laberínticas. De eso depende gran parte de la supervivencia de una tejedora: ser versátil y adaptarse al vaivén de las temporadas. Anticiparse a los clientes que empiezan a aparecer y siempre tener material de su interés para recibirlos, para atraerlos, y que ese material les sugiera cosas que están en sus propios pensamientos. Que los colores y las formas los obnubilen, los hipnoticen y no tengan más opción que pagar por ello. Ahí va el segundo paso de mi método: una vez imagino cuál es el cliente que quiero atraer, le pido a alguna parte de mí que me muestre un tejido para atraer a ese tipo de cliente. Y algo en mí me responde y me da una imagen, a la que me apego lo más fielmente que puedo y ejecuto una pieza tejida. Después la exhibo y espero (que es el tercer paso: esperar). La verdad, no siempre aparecen los clientes y hasta he llegado a pasar hambre, sobre todo al principio, cuando era más joven. Cuando van varios días y todavía no consigo clientes para mi pieza, hago otra, pensando en otro tipo de cliente y sigo esperando… al final casi siempre aparecen. Y ahí es el cuarto paso del método: no se puede dejar escapar a un cliente, hay que acecharlo, ser agresivo, volcarse sobre él y recurrir a todos los trucos y artimañas posibles para que de hecho se vuelva un cliente. Yo soy buena en lo que hago.

Lo que estoy haciendo desde anoche me tiene absorta. Pocas veces he tejido algo como esto. Ni siquiera me he preocupado con los que transitan a mi alrededor, en esta casa grande, populosa y llena de algarabía. Yo, desde las sombras, ni los he mirado, con miedo de perder esa imagen hermosa que alguna parte de mí le envió a otra parte de mí, y que quiero plasmar fielmente, con amor, con elegancia. Es una pieza especial porque se dirige a un cliente especial. Es colorida pero sobria, delicada y a la vez implacable, tiene algunas hermosas figuras sublimes pero sin afectación ni ostentación.

Hace rato salió el sol y yo no he parado de tejer. Incluso cada vez estoy más emocionada, porque con la poca luz que llega a este oscuro y recóndito rincón, se ve en mi pieza cómo los colores se entrecruzan aquí y allá, cómo forman las figuras, como tejen el marco.

Imagino la reacción de mi cliente al ver mi obra: primero la mirará de lejos y sentirá que es bonita, por lo que se irá acercando, curioso, y cuando esté lo suficientemente cerca sabrá que los colores y figuras que se combinan en mi obra son un dibujo de su propio pensamiento, una estructura que le habla de sí mismo, que le muestra sus propios misterios y que le contesta todas sus preguntas, incluso aquellas sobre su propio destino. Es entonces cuando cometerá la imprudencia de dejarse seducir, y yo me volcaré sobre él, enredándolo, convenciéndolo de que vale la pena, de que no tiene otra opción más que pagar el precio, y sé que lo hará. Porque por esta obra, inevitablemente, alguno lo hará, alguno pagará el precio.



Viene mi cliente. Escucho su murmullo particular, el zumbido monótono que es incapaz de dejar de producir y que lo anuncia mucho antes de que llegue. Se acerca. Está mirando mi pieza pero aún no me ve a mí. Sin cautela, atraído por los brillos tornasolados de los hilos que tejí con esmero y delicadeza, toca mi pieza, que se estremece a su contacto. Entonces salto yo sobre él, lo envuelvo con mis hilos y lo muerdo, mirando a sus ojos. Es en este momento donde mi performance descorre los velos del misterio y mi cliente sabe entonces que su destino estaba insolublemente ligado a mí, que él tenía que caer y pagar el más alto de los precios, para que yo, la tejedora paciente, la de las ocho patas, viva un poco más y perfeccione mi arte.

Bs As Octubre 8 de 2009


martes, 6 de octubre de 2009

Dárrell o la sombra del palo

Dárrell era impotente. O bueno, creo que esto no es propiamente verdad, lo que le pasó a Dárrell fue que su potencia quedó sepultada, casi inaccesible, como él mismo me lo dijo, desde hacía mucho tiempo. Él se desempeñó como enfermero desde los 22 años, y cuando comenzó a hacerlo, ciertamente no sufría ese flagelo de ver su miembro flácido ante la mirada desconsolada, ansiosa, hambrienta, de una mujer. Al principio, a él, enfermero rural joven, carismático, amable, con mirada soñadora y manos delicadas, no le faltaban mujeres que lo quisieran llevar a su lecho, requerimientos a los que él respondía sin vacilación y hasta con generosidad, sin importarle mucho el hecho de que las mujeres fueran feas o bonitas, gordas o flacas, pobres o ricas, blancas, negras, mulatas o mestizas. Así fue como recorrió lechos de todas las categorías: desde catres viejos y desvencijados, que producían chirridos agudos al vaivén del coito, infestados de pulgas y chinches, hasta camas amplias y abollonadas, con sábanas suaves, limpias y blancas, de las que se desprendían olores delicados.

Por ser un enfermero rural despierto, inteligente y comprometido con su labor, y por vivir en un país conflictivo y violento, Dárrell siempre tuvo mucho trabajo. Su buen desempeño, casi siempre reconocido por médicos y colegas, lo hizo acreedor de numerosos traslados. Por esto, Dárrell se convirtió en un semi-nómade, pues lo trasladaban de un pueblo a otro al cabo de algunos meses de prestar sus servicios: siempre había algún lugar en el que se necesitasen más enfermeros y personal de salud, ya que el número de heridos y enfermos que necesitaban de atención crecía ya en un pueblo, ya en otro, bajo el influjo de las fuerzas políticas y el encarnizamiento momentáneo de la guerra interna en determinados sectores. A Dárrell esto no lo molestaba, la verdad, según él me dijo, le gustaba no echar raíces en ningún lugar. Además, el joven Dárrell, aficionado a las mujeres, casi un adicto, veía en esto la posibilidad de conocer nuevas caras, nuevos senos, nuevas vaginas, nuevas posiciones y maneras de tener sexo. Durante unos nueve o diez años, solo las mujeres y los pueblos cambiaron, Dárrell, no.
Un día cualquiera, en un pueblo cualquiera perdido entre las montañas selváticas, en el puesto de salud se recibió una llamada: era un maestro de escuela que trabajaba en una de las veredas más retiradas del municipio, quien decía que una mujer que tenía fama de loca entre la comunidad de campesinos, estaba dando a luz con gran dificultad; que ya algunos de los vecinos cercanos a la escuela, tras el aviso que había llevado un niño, habían partido en mulas y caballos rumbo a su casa, que quedaba aislada en la cima de un cerro, para traerla hasta la escuela, a donde, recorriendo una carretera tortuosa y enfangada, podía llegar la ambulancia del centro de salud para trasladarla al hospital del pueblo, en el cual, ellos esperaban, podrían salvar su vida y tal vez la de la criatura. A Dárrell le gustaba acompañar al conductor de la ambulancia, tanto porque esto le daba la oportunidad de dar un paseo y conocer el territorio, como porque sus conocimientos podrían ser de ayuda (y en más de una ocasión había ayudado a salvar la vida de las personas en peligro de muerte). Ese día, con presteza, salieron en la ambulancia él y el conductor, que conducía con arrojo y a la vez con precaución por la carretera de tierra roja y resbalosa, sorteando precipicios, huecos y pantaneros. Tardaron algo más de hora y media para llegar a la escuela. Cuando llegaron, vieron a un tumulto de personas que miraban entre horrorizadas y tristes algo que ellos no veían, pero pronto, cuando se acercaron, pudieron saber a qué se debían esas expresiones que para nada auguraban un final feliz: en el suelo, acostada en una camilla improvisada con palos y fibras vegetales, estaba una mujer de rasgos aindiados, con los ojos abiertos y entornados. En su falda, los colores vivos habían sido reemplazados por un granate oscuro. La mujer parecía muerta, pero cuando Dárrell se agachó para tomarle el pulso, se dio cuenta de que tenía pulso y respiraba levemente, de manera casi imperceptible. Con ayuda de algunos campesinos, la subieron a la camilla que ellos traían y la montaron en la ambulancia. Cerraron la puerta. Algo en el rostro de la mujer comenzó a poner nervioso a Dárrell. Le levantó la falda para ver qué pasaba: la cabeza grande y ensangrentada de un infante se asomaba por los labios dilatados de una vagina que había sido cortada, como intentando dar espacio a la criatura para que naciese. Dárrell le gritó al conductor:
- ¡Esta loca se cortó! ¡o la cortaron!
La mujer, en un murmullo que él casi no escucha, dijo:
- Yo me corté, yo me corté, el niño no quería salir, y me dolía tanto su cabecita entre mis piernas, que deseé la panocha de una vaca. Me corté pa´ que saliera, pero él no quiere, debe tener miedo.
La mujer murió en el camino, pese a que el conductor los llevó al pueblo en casi la mitad del tiempo que les había tomado el viaje de ida. La criatura había muerto hacía mucho rato. Y aunque aún no lo sabía, algo en Dárrell también había muerto o por lo menos, estaba en agonía.

Dos o tres días después, un sábado de feria, Dárrell estaba tomando aguardiente con uno de los dos médicos del hospital del pueblo, en una cantina lúgubre de la plaza, en medio de una multitud de borrachos que gritaban y bailaban con unas pocas putas al son de rancheras y corridos. No conversaban porque la música estaba a un volumen tan fuerte que tenían que gritarse. Había sido un día difícil (como todos los sábados de feria) porque habían tenido que trabajar en el puesto de salud desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, casi sin descanso. Miraban la algarabía del pueblo alborotado por la fiesta y, ambos solteros, atisbaban alguna hembrita sola y con ganas de compañía. De pronto, al otro lado de la plaza, Dárrell vio a una de sus “amiguitas”, que miraba a todos lados, entraba a las cantinas y salía un minuto después, como buscando a alguien. Se paró de la silla, entregó un billete a su compañero de tragos para pagar la cuenta y se fue a buscarla. Aparentemente, la mujer esa lo estaba buscando a él, pues no tardó en llevarla a la casa que desde que había llegado al pueblo, cuatro meses atrás, estaba alquilando. Esa noche, como decía él con amargura, empezó la historia de sus desgracias, que contaré lo más fielmente que mi memoria lo permita tal y como él me la refirió.

Cuando estuvieron adentro de la casa, con la puerta cerrada y lejos de miradas indiscretas, en medio de besos bruscos y apasionados, se empezaron a desvestir, torpemente, con frenesí. Dárrell contaba que él en ese momento tenía la verga dura, “como pa’ partir panela”. Una vez desnudos, con un ligero empujón, él tiró a la hembra sobre la cama, y ella se dejó caer con una sonrisa y un gritico de sorpresa. Entonces Dárrell la miró un momento, detenidamente, para deleitarse con ese cuerpo desnudo que la luz blanca, encendida, dibujaba sobre las sábanas. La mujer era una mestiza, de cara redonda y carnes firmes. Fue en ese momento cuando le aconteció lo que nunca le había sucedido a él, acostumbrado a escenas horripilantes por su trabajo (mutilaciones, heridas, llagas, pústulas): recordó a la parturienta que había muerto en sus brazos, en la ambulancia, apenas unos días atrás. Algo en el rostro de la muchacha le recordaba a esa loca que con un cuchillo o un machete había intentado agrandar su “panocha” para poder dar a luz. Miró entre las piernas de la muchacha y en vez de ver el sexo rosado y húmedo que se le ofrecía, vio (como una alucinación) una vagina de labios dilatados, con una cabeza de infante ensangrentada a medio salir. Cerró los ojos, para alejar la visión y permaneció así por unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, su miembro estaba flácido y en su ánimo no quedaba ni un solo resto de excitación. La muchacha lo miró extrañada, abriendo los ojos desmesuradamente y le preguntó qué le pasaba. Él no se sentía bien, no podía parar de pensar en lo que había visto y le dijo a la muchacha que se vistiera y se fuese, que estaba cansado porque había tenido un día difícil y que lo único que quería era dormir. La muchacha intentó devolverle la excitación masturbándose con las piernas bien abiertas, de modo que él viese todo lo que hacía, mirándolo de manera lasciva y emitiendo unos gemiditos quedos mientras movía su pelvis de arriba a abajo. Al fin, se convenció de que él no iba a responder a sus incitaciones y de mala gana, refunfuñando, se vistió. Entre risas resentidas y ofensivas, dijo como para sí mientras salía: “y yo que pensaba que era hombre. Ahorita lo tenía parado”. Dárrell intentó no darle importancia y se tendió, desnudo y flácido, sobre su cama.

Desde ese día, todos sus intentos por mantener su anterior vida sexual fueron fracasos. Después de su primer encuentro fallido, pensó que una impotencia ocasional era normal, algo que podía pasar, sino a todos los hombres, por lo menos a muchos; y sabía esto porque durante todos lo años en los que había ejercido su profesión había consolado a muchos hombres que, asustados por una repentina incapacidad de erección en el momento decisivo, acudían a él con preguntas atropelladas, temerosos de haber perdido para siempre su capacidad procreadora y viril. Y esos hombres, casi siempre, habían vuelto a él, días o semanas más tarde, con una sonrisa en el rostro, a darle la buena noticia de que “todo está funcionando, incluso mejor que antes”. Pero no fue su caso. Una tras otra, las mujeres que conquistaba se convirtieron en testigos de su incapacidad para elevar su verga al cielo como una plegaria al placer y a la fertilidad. Una tras otra, blancas, negras, mestizas, mulatas, ricas, pobres, feas y bonitas. La visión de la parturienta solo apareció en aquella primera ocasión; con las demás, fue simplemente una incapacidad. Algunas de esas mujeres lo llevaban a un paroxismo de excitación: lo besaban apasionadamente, lo acariciaban y se dejaban acariciar sin ningún tipo de pudor, algunas incluso se desnudaron en frente suyo y se masturbaron, hicieron lo posible y hasta lo inconcebible con sus manos y su boca para que aquel ser de cabeza roja se irguiera, tal y como quería su dueño, pero todo fue infructuoso. Todo. La flacidez, ante la angustia de Dárrell, había llegado para quedarse, y no podía confundirse con miedo a las mujeres, demasiada excitación o, simplemente, falta de ánimos. Dárrell empezó a pensar que sobre él, esa mujer aindiada y loca, que deseaba tener la “panocha de una vaca”, había expelido una maldición y con eso había matado su hombría.

Un día, por pura casualidad, aparecí yo, con mis ojos verdes, mis pecas, mi nariz un tanto puntiaguda, mi pelo negro y ensortijado, mis tetas grandes y por esto, un poco caídas, mis nalgas ampulosas, mi baja estatura. No soy lo que puede decirse una mujer bella, o por lo menos lo que entienden la mayoría de los hombres por una “mujer bella”; pero tampoco soy fea, un esperpento. Con un tinte de orgullo puedo decir que han sido muchos los piropos que me han tirado en el transcurso de mi vida, aunque estos piropos hayan venido, generalmente, de hombres bastante mayores que yo, algunas veces obreros de construcciones, otras camioneros, o vendedores ambulantes… en fin, de una serie de profesiones y oficios que la mayoría de la gente tampoco considera de “lo más digno y refinado”. Tampoco me han faltado mis conquistas, algunas de ellas, según cierta visión esquemática, meritorias, pues me he acostado con hombres apuestos, ricos y orgullosos, que me hacen merecedora de la envidia y los celos de algunas amigas. Pero en honor a la verdad, esas conquistas “meritorias”, siempre me han dejado un sabor amargo en la boca, pues han carecido del apasionado deseo que da el afecto y se han limitado a encuentros carnales, más o menos violentos, cargados de unas ansias como de desprenderse de algo, de quitarse una costra de frustración de encima, tanto por parte de ellos como por parte mía, o por lo menos eso es lo que yo he sentido.

Estaba diciendo que un día aparecí yo… digo, en el camino de Dárrell, aunque sería más exacto decir que Dárrell apareció en el mío. Yo trabajo de cajera en un supermercado, aquí en Medellín, en el centro, y todos los días pasan frente a mí, miles y miles de personas. Pocas diferentes de las otras; para mí todo el mundo es igual, solo se destaca este o aquel personaje estrafalario que es cliente recurrente del lugar. Aquí tengo que decir que somos cinco cajeras. Un día, domingo creo que era, me percate de que mi caja, mientras las otras estaban vacías, tenía dos personas esperando a que yo terminara de despachar a un cliente, que ya estaba pagando. Pensé que la presencia del cliente que seguía era justificable, pues ya estaba por terminar y ya lo iba a atender, pero me pregunté por qué el tercer cliente permanecía en mi caja y no iba a las cajas desocupadas. No le di mucha importancia y seguí con mi trabajo. Cuando al hombre le llegó su turno, lo atendí con rapidez, no sin antes echarle una mirada más o menos fija en los ojos. Mirada que, pensé en ese momento, él estaba esperando. Me pareció tierno, sentí que él “me robó esa mirada”. Era Dárrell. Esa fue la primera vez que lo vi, o por lo menos, que lo distinguí. De ahí en adelante, me percaté de que aparecía todos los días y siempre hacía fila en mi caja, tuviera yo asignada la 1, la 2 o la 5. Siempre compraba pocas cosas: leche, o queso, o cerveza, o una chocolatina, como para tener motivo para aparecer por allí todos los días y más temprano que tarde, terminé por convencerme de que el tipo me estaba asediando. Lo comenté con las compañeras, con los supervisores… todos me dijeron lo mismo: si el tipo se limitaba a comprar no había de qué preocuparse, pero si el tipo comenzaba a coquetear abiertamente, a acosar, era cuestión de llamar al personal de seguridad y se le haría entender que no era bienvenido.

Él nunca me hablaba, se limitaba a mirarme, y eso me producía una sensación extraña: por un lado, me alagaba, pues aunque él era mayor que yo unos diez años, no dejaba de ser un hombre medianamente atractivo y me gustaba sentirme deseada. Por otro lado, su insistencia rutinaria, su mirada fija, me turbaban y me hacían creer que podría ser un hombre peligroso, alguien capaz de esperar a que yo saliera del trabajo para abordarme y cometer alguna violencia en la calle, donde yo no contaba con el respaldo de los vigilantes. Pasaron los meses, y como todo siguió igual, yo terminé por convencerme de que era un personaje inofensivo… fue entonces que me le puse coqueta. Empecé a llevar escotes más pronunciados, para que él pudiera ver bien las pecas que adornaban mi pecho y que insinuaban unas tetas grandes, apetecibles; lo miraba descaradamente mientras lo atendía; incluso en alguna ocasión, llegué a picarle el ojo de manera delicada mientras registraba una cerveza en la caja. Él no se dio por aludido, pero yo sí me di cuenta de que cada vez me miraba más las tetas y de que cada vez parecía más próximo a decirme algo diferente de los tradicionales “gracias y buenos días”.

Pero ayer viernes no me aguanté las ganas. Llevaba este vestido verde, con escote pronunciado. Tengo que confesar que me lo había puesto en la mañana pensando en él. Llevaba varios meses sin sexo y pensaba que ese era el día de terminar mi ayuno. Como últimamente no me habían resultado pretendientes, había decidido levantarme a ese cliente, sugerirle que me llevara a bailar. Algo en su mirada me decía que no era casado, y no me equivoqué con eso. Cuando el día de ayer llegó a mi caja, que estaba vacía, yo le dije, incitadora, con voz suave, antes de que él abriera la boca e inclinándome hacia adelante, para que pudiera ver mis pecas por entre el escote: “Muy buenos días”. Él respondió quedamente a mi saludo y no miró por entre mi escote hasta que yo le quité la mirada de encima (un gesto galante que me gusto e interiormente le agradecí). Permanecí un momento así, mirando a la caja del lado (aparentemente interesada por algo), dándole tiempo para que me mirara las tetas. Cuando sentí que ya había logrado el efecto que quería, lo volví a mirar. Él tuvo que subir la mirada y ponerla sobre mis ojos. Toda yo le sonreí y creo que hasta me puse colorada. Le dije que lo veía todos los días por allí y que había notado que siempre buscaba mi caja para pagar los productos. Él asintió, aparentemente avergonzado. Yo le pregunté por qué y él, con una sinceridad de la que no lo creía capaz, me dijo “Porque usted es amable, rápida para atender y porque me encantan…” y vaciló antes de decir “sus ojos”. Yo pensé que iba a decir “sus tetas” porque me las estaba mirando otra vez, pero él, sereno, insistió “son de un verde muy bonito, son unos ojos raros” y volvió a subir sus ojos hasta los míos. Yo me puse contenta y pensé que a ese tipo me lo levantaba porque me lo levantaba, la cosa era papita pal loro, ya lo tenía en mis garras. Seguí coqueteándole, demorándome deliberadamente en registrar sus productos mientras le preguntaba su nombre y le regalaba el mío. Cuando me extendió el dinero para pagar yo le rocé los dedos. Cuando le fui a dar el vuelto volví a hacerlo y noté que estaba un poco tenso, como asustado. Decidí no dar más vueltas y le lancé la propuesta “Salgo a las 5:30. Si quiere nos vamos a bailar y nos tomamos algo por ahí. Conozco un lugar donde ponen boleros y música vieja muy buena”. Creo que él no esperaba tanto atrevimiento pues se puso colorado. Pero después de decir gracias, me dijo “a las 5:30 estoy afuera esperándola”. Yo me reí, satisfecha, y le piqué el ojo mientras le decía “cuidadito con dejarme plantada”. Él sonrió y salió del supermercado. Yo también me quedé sonriendo. La verdad, creo que estaba ovulando, porque desde ya me sentía caliente.

Faltando cinco minutos para la hora acordada, lo vi dando vueltas frente a la puerta del supermercado como un animalito enjaulado. Deliberadamente le di la espalda y no lo miré: sabía que a los hombres hay que hacerlos esperar y desesperar… eso siempre tiene su recompensa. Incluso me demoré en el baño, arreglándome el maquillaje, de modo que salí del supermercado más o menos a las 5:45. Cuando me vio, sonrió aliviado. Yo también le sonreí: sabía que mi sonrisa era linda, tenía efectos en los hombres a los que yo les gustaba.

Media hora después, mientras la noche se cernía sobre la ciudad y el antro al que fuimos se sumergía en una semi-penumbra bastante favorable para mis propósitos, Dárrell y yo nos empezamos a tomar la primera de las tres medias botellas de ron que tomaríamos esa noche. Empezamos conversando, como cualquier pareja en su primera cita, sobre nuestros respectivos oficios y sobre qué había sido, en términos generales, de nuestras vidas hasta ese momento. En esa primera media de ron me enteré de que Dárrell, hasta hace poco más de dos años, había recorrido decenas, tal vez un centenar de pueblos, prestando sus servicios como enfermero. Me decía nombres y nombres de pueblos y me refería historias casi siempre impresionantes de lo que había vivido allí; algunos de esos pueblos yo los conocía, pues los había visitado en algún momento; de otros había escuchado sus nombres por los noticieros debido a una inundación, un derrumbe, una masacre, o cualquiera de los motivos que suelen llevar a un periodista a determinado lugar; otros, en cambio, ni siquiera los había oído mentar, y si lo había hecho, sus nombres no permanecían en mi memoria. En ese momento me pareció que la vida de Dárrell había estado llena de aventuras, de cosas emocionantes, mientras que mi propia vida resultaba tan insulsa, tan sin historias y vivencias que me avergoncé un poco. Para disimular mi vergüenza lo invité a bailar. Él aceptó, aunque con un poco de reticencia. La verdad, creo que su reticencia procedía del hecho de que desde hacía tiempo no bailaba, porque lo noté tieso, aunque supe, por la forma de moverse y de llevarme de un lado a otro, que sabía bailar bastante bien. No dejé de notar, tampoco, que Dárrell no se pegaba mucho a mí. Yo quería estrecharlo, excitarlo con el roce de mis tetas pecosas, quería también sentir su miembro erecto rayando mi pelvis, porque, tengo que decirlo, siempre me ha gustado sentir el bulto que me confirma que me desean. Pero Dárrell no me apretaba y no se dejaba apretar mucho cuando yo intentaba hacerlo. Después de un par de boleros de La Sonora Matancera nos volvimos a sentar en la mesa en que estábamos. Ya un poco achispados, pedimos la segunda media de ron.

Yo creo que ni veinte segundos pasaron después de habernos tomado el primer trago de la segunda media, cuando yo, por un impulso que no pude contener, le agarré la mano a Dárrell. Y no pude contener el impulso porque en realidad no traté de contenerlo. Le agarré la mano y se la acaricié. Por primera vez quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. Me pareció que estaba tenso, pues sus manos empezaron a sudar y su rostro asumió una expresión extraña que, como después supe, hablaba de su secreto. Puse su mano sobre mi pierna, y seguí acariciándola, delicadamente, y él pareció ponerse aún más tenso y como para calmarse, empezó a hablar de pueblos, ambulancias, aire puro, animales; a contarme que no se sentía muy a gusto en la ciudad, de la que había estado ausente durante casi 20 años. Yo no quería hablarle, y me limitaba a mirarlo mientras seguía acariciándolo e iba llevando lentamente pero con resolución su mano hasta mi sexo, por debajo del vestido. A mí me pareció una eternidad ese recorrido de quince centímetros, pero al fin llegaron esos dedos a acariciar, debajo de mis tangas, los labios húmedos que los esperaban. Entonces él dejó de hablar y me besó. El beso fue lento, delicado, largo, nuestras lenguas se encontraron y jugaron a danzar suavemente, y nuestras lenguas también jugaron con los labios del otro mientras los dedos de él recorrían de arriba abajo y luego penetraban en mi cueva sagrada, entrando y saliendo, lascivos, con una experticia que me resultó muy placentera. Yo lo dejé hacer mientras nos besábamos, por largo rato, y luego quise llevar mi mano a su sexo, recorriendo su pierna, pero antes de que llegara, él dejó de besarme y retiró sus dedos mientras me decía que el bolero que estaba sonando le encantaba, que bailáramos. Acepté, con desgano. Yo estaba muy caliente, y en la pista de baile estábamos más expuestos a las miradas de los otros clientes del lugar que en la mesa oscura en que nos encontrábamos, y yo en verdad quería que él me siguiera acariciando, y quería meter mi mano dentro de su pantalón y acariciar su miembro y estrujarlo un poco.

Esta vez, Dárrell se mostró más dispuesto a apretarme y a dejarse apretar. Primero, le puse bien pegaditas mis tetas contra su pecho, restregándoselas mientras bailábamos de un lado a otro al vaivén de “Piel Canela”, y él no osó resistirse e incluso me apretó un poquito más. Luego, empujando con mis manos la parte superior de sus nalgas hacia mí, empecé a restregar mi pelvis contra la suya. Me pareció raro no sentir una erección, porque si yo estaba así de caliente (mis pezones erectos y mi cuquita húmeda y palpitante), conociendo a los hombres, él debería de estar el doble de caliente; pero no, su miembro estaba flácido y casi ni lograba sentirlo, como si él estuviera bailado con una vieja tía y no con una hembra apetecible y francamente provocadora. Me desanimé un poco y dejé de apretarlo tanto, pero él no parecía dispuesto a dejar escapar el roce de mis tetas, y me apretó un poco más. Cuando terminó la canción, sin esperar a ver si él quería bailar una más, me fui para la mesa y serví ron. Él fue al baño. Volvió tres minutos después. Tenía el semblante un poco hosco. Creo que yo también lo tenía así. Tomamos un ron. Él, decidido, volvió a besarme, mientras lentamente llevaba su mano a mi sexo, por debajo del vestido y empezó a hacer algo que, aparentemente, sabía hacer bastante bien.

En términos generales, la segunda media que nos tomamos, transcurrió así: entre ron y ron, nos besábamos, mientras él me masturbaba y me hacía lanzar, de vez en cuando, gemiditos irreprimibles de placer, pero él no permitía que yo llevara mi mano hasta sus pantalones. Yo quería, al resguardo de la oscuridad, sacar su miembro, agitarlo, chuparlo, tal vez (aunque fuera un poco atrevido) intentar alguna penetración disimulada. Pero cada vez que mi mano intentaba deslizarse por su pierna con rumbo a su sexo, él me la detenía delicadamente y me decía “dejame hacer a mí. Dejame a mí”. Cuando terminamos la segunda media, yo ya no me aguanté y le dije: “Vámonos para un motel. Yo conozco uno que queda cerca y es barato y limpio”. Él sonrió desconsolado, y me dijo que no, que él no podía ir conmigo a un motel porque le daba pena decepcionarme. Que mejor pidiéramos la tercera media y mientras nos la tomábamos él me iba a explicar. Yo, en vez de largarme, ofendida por la negativa, permanecí sentada, asintiendo y él entonces fue a la barra y le pidió al mozo una más de ron.

Mientras nos tomábamos la tercera media, fue que él me contó la “historia de sus desgracias”, es decir, de su impotencia, y fue entonces cuando me refirió la historia de la loca que se había cortado la vagina, como deseando la panocha de una vaca, y la de su primer fracaso a causa de su impotencia, y algunos de sus fracasos posteriores. No pude dejar de sentir lástima por él. Lo besé con dulzura, y le dije que no se preocupara, que yo no era una perra despiadada y podía ayudarle. Le pregunté por el uso de pastillas y él me dijo que había utilizado varios tipos y ninguno le había servido para superar su mal. Le supliqué que me dejara intentar algo (y lo hice, la verdad, porque ya Dárrell, con sus cuarenta años, me estaba empezando a gustar) y fui llevando mi mano por su pantalón, y él, por primera vez me dejó, y llegué al botón, lo desabroché con suavidad, bajé el cierre, metí la mano por entre sus calzoncillos y saqué un pequeño miembro flácido, de cabeza grande, que comencé a acariciar con delicadeza, subiéndole y bajándole la caperuza, sin lograr siquiera el menor atisbo de erección. Entonces me agaché, escondiéndome debajo de la mesa y posé mis labios húmedos y entre abiertos en su cabecita. La lamí por arriba y por abajo, la succioné; agarré con mi izquierda sus pelotas, con mi derecha su glande y con mi boca su cabeza, y comencé a realizar movimientos rítmicos y continuos. Dárrell emitía unos gemiditos quedos, parecía disfrutarlo, pero su verga no reaccionaba como debía: permanecía igual, pequeña, arrugada, como acobardada. Unos minutos después, decidí terminar el ejercicio, un poco frustrada pues estaba casi convencida de que yo iba a ser capaz de provocarle una erección. Me senté normalmente en la silla y lo miré a los ojos. Él me miraba sonriente. Me dijo que era la mejor mamada que le habían dado en muchísimos años, aunque “el muchacho” no hubiera respondido como debía. Yo solté una carcajada, pero no fue burlona, fue sinceramente divertida: él era un buen hombre, sincero, sin tapujos. Decidí insistir, pues yo seguía caliente; es más, cada vez estaba más caliente: “vámonos para el motel. Yo sé que vamos a pasar bueno. El sexo no depende de una verga erecta”. Dárrell pensó un momento y dijo: “Bueno, vamos, al fin y al cabo el placer tiene muchas caras”.

Llegamos al motel tambaleantes, entre besos y manoseos. El tipo sabía tocarme y yo lo dejaba hacer a su placer, disfrutándolo inmensamente, tal vez a causa de llevar tanto tiempo sin una relación erótica. Una vez en la habitación, él me desvistió ágilmente, sin errar un solo movimiento y pronto estuve desnuda, completamente desnuda, acostada en la cama. Mis tetas pecosas elevaban sus pezones puntiagudos como una invitación. Dárrell, vestido, comenzó a acariciarlas, y pasaba sus dedos delicadamente por todo mi pecho, como si fuera un ciego leyendo braille en mis pecas. Me empezaron a dar escalofríos. Luego acercó su boca y comenzó a besarme el pecho, aproximándose en espiral, a mis pezones rosados que reclamaban sus besos. No tardó mucho en posar su lengua con delicadeza sobre ellos, trazando círculos, elipses, dibujando el mapa del universo, y sus labios también se aventuraron a chupar, y a besar, y a veces sus dientes, como si no se pudieran contener, los sometían a una leve presión, un leve mordisco, que me hacía estremecer e incluso patalear mientras gemía de placer. Así tuve mi primer orgasmo, y mientras lo tenía, agarré su mano y la puse en mi sexo húmedo, para que sus dedos pudieran sentir las contracciones que se habían apoderado de mí y que estremecían todas las fibras de mi cuerpo.

Luego, con una breve presión que él entendió de inmediato, fui llevando la cabeza de Dárrell hasta que estuvo entre mis piernas. Él sabía qué hacer, y lo hizo, recorriendo mi sexo de arriba abajo con su lengua, unas veces rozando mis labios con delicadeza, otras rodeando mi clítoris. En determinado momento, introdujo su dedo, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo con su lengua y no tardé yo en estremecerme con mi segundo orgasmo de la noche. Después de este, consideré necesario descansar. Respiré profundo, y le dije que era mi turno, que se quitara la ropa. Sin mostrar mucha seguridad, él lo hizo y obedeciendo a un ademán mío, se tendió en la cama. Yo me puse encima de él, mis piernas abiertas, mis rodillas sobre el colchón, restregando mi sexo contra el suyo y comencé a besarlo, primero en la boca, luego en el cuello, los hombros, el pecho, bajando por su barriguita incipiente y velluda hasta llegar a la ingle. Entonces con mi lengua recorrí los alrededores de su verga mientras él respiraba con mucha fuerza y se estremecía. Entonces ocurrió el milagro y, al fin de cuentas, el motivo de esta historia. Dárrell tuvo una erección. Pero no fue una erección tímida, a medias, fue una erección como dios manda. Se le puso dura y grande. Lo miré a los ojos, mientras se lo chupaba y agarraba con mis dos manos, que no alcanzaban a cubrirlo del todo, así de grande era. Él también me miraba, estupefacto, como si no creyera lo que estaba pasando. Sentí una satisfacción enorme: yo era una máquina de placer, una diosa del sexo, pues había hecho lo que muchas mujeres no habían podido. Decidí que ese era el momento de pasar al plato fuerte y subí, sin soltar al “pelirrojo” y lo fui metiendo despacio entre mi caverna hambrienta, temerosa yo de que de pronto dejara pasar el momento decisivo y el “pelirrojo” volviera a quedar flácido. Al principio el coito fue un poco violento, fuerte, rápido, pues Dárrell parecía ansioso, se notaba que no quería dejar pasar la bendición que le había caído del cielo, se notaban sus años solitarios y frustrantes. Luego, cuando se aseguró de que su erección no podía ponerse en duda, se calmó un poco, y empezamos a hacer diferentes posiciones, más o menos con delicadeza. Después de otros dos orgasmos míos y de 8 posiciones diferentes que al final nos llevaron a la misma del principio, Dárrell al fin se vino. Sentí un torrente, una catarata incontenible dentro de mí y tuve otro orgasmo. Mientras tuve este último orgasmo, miré para el techo, blanqueando los ojos, estremecida de pies a cabeza. Dárrell, por su parte, se había quedado rígido, con ligeras convulsiones cada tanto. Yo estaba sentada encima suyo y él permanecía con los ojos cerrados. Cuando se hicieron menos fuertes las sensaciones, me incliné y lo besé en la boca. Él no hizo ningún ademán para responder mi beso. Le besé el cuello y siguió igual. Le pregunté si le había gustado y no me contestó. Después de varias cachetadas, me saqué su verga y seguía erecta. Yo me demoré un buen rato para darme cuenta de que Darell se había muerto.

Ya que conté la historia me siento más tranquila, y estoy convencida de que Dárrell no pudo tener una mejor manera de morir: en pleno orgasmo. Ojalá yo tenga la misma suerte.

Buenos Aires, Sept. 22, 24, 30 de 2009.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Teoría




Mientras sus dedos indecisos oprimen casi con delicadeza las letras dibujadas sobre el teclado, y mientras en el fondo claro de la pantalla se van formando, oscuras, las palabras, él puede verse caminando por la calle, con paso decidido, rumiando en sus pensamientos las causas y consecuencias del agravio; y puede ver a las personas que a su paso, indiferentes, le echan una mirada perdida, enmarcada por arrugas y expresiones hoscas y ausentes, fieles reflejos de sí mismo, que tiene el pensamiento en otra parte, pues él no puede parar de pensar en aquel individuo mezquino, amoral, que pretende obtener beneficio y lucro a costa de su propia persona, de su integridad física y psicológica, que quiere entregarlo desnudo ante la mirada severa y mordaz, pero a la vez ingenua y embrutecida, de sus congéneres, agrupándolo junto a personajes de la peor calaña, mientras él, el injuriador, planea desde ya cómo sonreír ante las cámaras, cómo modular su voz y cómo controlar sus ademanes para poder producir la imagen que desea dar a su público.

Se ve a sí mismo, frente a la puerta del hogar del injuriador y puede sentir cómo su mano tantea para descubrir la cacha del cuchillo oculto entre su ropa, y alcanza a sentir que la cobardía es una opción, pero decidido, saca esa llave que de una manera casi mágica puso la vida entre sus manos, y con movimientos suaves, abre la puerta, camina silencioso por el corredor oscuro mientras saca el cuchillo (que no produce ningún destello), hasta llegar a la habitación del fondo, donde imagina que se encuentra el motivo de su visita: levanta la mano, todavía indeciso entre clavar o cortar; será el cuchillo el que decida en el último momento, cuando él se abalanza sobre esa cabeza que no se entera de lo que está pasando, que absorta mirando esa pantalla brillante no se percata que detrás está su enemigo mortal, y él se ve enterrando el cuchillo en el cuello de aquel hombre vulgar que mientras por su cuello salen torrentes de sangre espesa, lo mira casi sin sorpresa, y entonces él se reconoce a sí mismo echando sangre, con un cuchillo clavado en el cuello, y mientras uno suspira aliviado, el otro expira para terminar su agonía, y los dos son el mismo. ¡Ha muerto el tirano!

Bs As Sept. 16 de 2009.